Recolectando hierbas medicinales, con Denicia Carpio

woman collecting herbs

Denicia y sus hijos ya no van a la farmacia ni al hospital. La última vez que la nativa de Urubamba y madre de cuatro puso un pie en el hospital fue en 2018 cuando su hija que en ese entonces tenía 6 años mostraba signos de leucemia. Los médicos sugirieron que la niña se quede en el hospital hasta que puedan encontrar una cura, pero Denicia siguió a su instinto y rápidamente la llevó de vuelta a casa para darle un tratamiento homeopático.

“Estaba muy débil. Tenía los labios y las uñas moradas, y estaba muy delgada”, recuerda Denicia. “Durante un mes le di caldo de cuy, leche de cabra y muchas infusiones y baños herbales, con lo que había en nuestro jardín. En tan solo ese mes fue capaz de liberarse completamente de la enfermedad”.

Desde su recuperación, la hija de Denicia ha tenido análisis de sangre que muestran que ya no tiene signos de leucemia. Es una de las muchas experiencias exitosas que Denicia ha tenido al trabajar con plantas medicinales, una confirmación de esta medicina tradicional y probada por el tiempo, que le transmitió su madre.

Pasamos por delante de la puerta principal de la casa de sus padres, donde la familia vive, de pronto aparece a la vista una gran chacra. La montaña Tantamarka, que lleva una cruz, protege todo el jardín donde crece el botiquín natural de Denicia, a lo largo del borde del campo de cultivo de sus padres.

Un poco tímida al principio, nuestra anfitriona comienza el recorrido de hierbas medicinales corriendo, la lista de las propiedades de cada planta se le escapa de la lengua mientras arranca hojas y tallos. A pocos pasos nos encontramos con la ruda, que puede pasarse por el cuerpo para calmar las náuseas; paico para fines antiparasitarios; diente de león, excelente para el hígado; el rocoto, cuyas hojas son antiinflamatorias, y la ortiga, que puede estimular el sistema inmunológico al contacto con la piel. 

Muy pronto, en sus manos se ha formado un ramo de hierbas y hojas, muchas de las cuales no fueron plantadas intencionalmente, si no que brotaron del suelo fértil de esta zona relativamente remota de Urubamba. Unas cuantas habitantes son reconocibles en el jardín, mientras que otras, como la lengua de vaca y el chupasangre, pueden confundirse fácilmente como malas hierbas para el ojo sin experiencia.

“Mi madre me transmitió estos conocimientos. Recuerdo que nos decía (a mis hermanos y a mí) que recolectáramos hierbas, y corríamos de un lado a otro, tratando de ser los primeros en encontrarlas. Ahora que somos mayores mis hermanos están más preocupados en sus trabajos y no en la importancia de mantener y compartir la sabiduría de las plantas medicinales.”

Pronto pasamos por un árbol de laurel y, tras arrancar un buen puñado y entregarlas Denicia nos cuenta que prepara diariamente té de hojas de laurel para su madre. “Solíamos comprar botellas de insulina para ella, pero dejamos de hacerlo cuando finalmente vimos una mejoría con el té de laurel”.

Como cabeza de familia, trata de incorporar hierbas en su cocina diaria, utilizando principalmente las del grupo de hierbas que los locales llaman asnapa.

Esto incluye hierbas de cocina comunes como el orégano (para calmar los dolores musculares y de estómago), el romero (para la tos) y el perejil (para regularizar el periodo menstrual).

La habilidad de Denicia para reconocer una hierba diminuta en un mar verde y recordar sus propiedades medicinales es deslumbrante, más aún cuando insiste en nunca haber tomado apuntes. “Todo está guardado aquí”, dice sonriendo, señalándose la cabeza. El mismo juego de memoria lo practican sus hijos, a quienes transmite el conocimiento de las plantas. Es consciente de la importancia de transmitir esta práctica tradicional, ya que el uso de hierbas medicinales, especialmente en las generaciones más jóvenes, está disminuyendo lentamente.

Incluso Denicia, que antes de la pandemia trataba constantemente a la gente con remedios de hierbas, ha tenido que reducir el tiempo de dedicarse a ese servicio. Actualmente trabaja en servicio de limpieza y recepción en un hotel local cerca al centro de Urubamba, y solo puede tratar a la gente en sus pocos días libres.

Mientras regresamos al punto de partida, en la puerta de su casa, los brazos de Denicia sostienen una variedad de esquejes de plantas. Las pequeñas flores blancas de Santa María (usada para aclarar la piel cuando se frota en la cara) cuelgan juntos a los delgados tallos de cola de caballo (el ingrediente clave para aliviar las infecciones urinarias) y duraznillo (hecho en un té para la salud intestinal). Admirando su colección, señala que un baño ocasional de varias hierbas hace bien al cuerpo, especialmente cuando uno está pasando por un momento traumático, o un evento que cambia la vida, como la pérdida de un familiar, o el parto.

“Tradicionalmente, cuando una mujer da a luz, recolectamos todas las hojas que encontramos en el jardín, desde hierbas a árboles frutales, hasta pasto, y las ponemos a remojar en agua caliente. Luego las colocamos en una tela que se enrolla alrededor de la cintura de la mujer. Dejándola puesta hasta el día siguiente, podrá recuperarse físicamente y sentir mucho menos dolor”.

Cuando se le pregunta si tiene una conexión espiritual con sus plantas, lo piensa un momento.

“A veces hablo con las plantas mientras recojo algunas hojas o un ramito para hacer té o un ungüento, y les pido que ayuden a mis hijos”, dice, echando un vistazo rápido a su hija que está sentada cerca. “Y siempre me han ayudado… Estoy tan agradecida de vivir en un lugar donde crecen estas plantas y de tener el conocimiento necesario para utilizarlas en beneficio de mi familia y de quien las necesite”.

Esta entrevista fue traducida por Daniela Caro.

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